Entre teclas y recuerdos: Miguel Hernández mantiene vivo un oficio centenario en el corazón de CDMX
Con cinco décadas de trayectoria, Hernández forma parte de los pocos escribanos que preservan una tradición nacida para ayudar a quienes no sabían leer ni escribir.

En una época en la que un teléfono puede redactar un mensaje en segundos y la inteligencia artificial es capaz de producir cartas completas con unas cuantas instrucciones, en la Plaza de Santo Domingo, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, todavía sobrevive una manera completamente distinta de escribir. Allí, frente a una máquina mecánica, Miguel Hernández continúa escuchando historias para después transformarlas en palabras.
Hernández lleva alrededor de cinco décadas trabajando como escribano y actualmente es uno de los pocos representantes que permanecen activos en los tradicionales Portales de los Evangelistas. Una investigación publicada en 2025 documentó que quedaban apenas seis escribanos ejerciendo el oficio en la plaza, una reducción considerable frente a las generaciones que durante décadas ocuparon este espacio.
Su herramienta principal conserva el encanto de otra época: una máquina de escribir mecánica de los años setenta. Pero el verdadero trabajo comienza antes de presionar una sola tecla. Cuando llega una persona, Hernández escucha su problema, reúne los datos necesarios y trata de encontrar la manera adecuada de expresarlos. Actualmente atiende, en promedio, alrededor de un cliente por día y cobra aproximadamente entre 30 y 40 pesos por cuartilla, dependiendo del trabajo solicitado.
Los encargos han cambiado radicalmente. Durante buena parte del siglo pasado, los escribanos ayudaban a quienes no sabían leer o escribir, pero también recibían a personas que simplemente necesitaban encontrar las palabras correctas. De sus máquinas salían cartas familiares, solicitudes, contratos y hasta declaraciones de amor. Con la llegada de las computadoras, internet y posteriormente los teléfonos inteligentes, buena parte de esa demanda desapareció.
Las cartas románticas son quizá la parte más entrañable de esta tradición. Hernández ya hablaba en 2019 de su experiencia ayudando a clientes a convertir sentimientos en mensajes escritos. En Santo Domingo, una persona podía llegar con una historia, explicar a quién quería dirigirse y confiar al escribano la tarea de encontrar las palabras que ella misma no conseguía expresar.
El oficio tiene profundas raíces históricas. El Instituto Nacional de Antropología e Historia documenta que después de la Independencia los llamados "evangelistas" se establecieron bajo los portales de Santo Domingo para escribir correspondencia destinada principalmente a personas que no sabían leer o escribir. Primero utilizaron plumas, tinta y papel; posteriormente adoptaron las máquinas de escribir.
La tradición ha logrado sobrevivir incluso cuando prácticamente todo a su alrededor se digitalizó. En abril de 2025, la Secretaría de Cultura federal y autoridades culturales capitalinas organizaron en la propia plaza un encuentro dedicado al legado de los escribanos. Hernández participó como integrante de la Unión de Mecanógrafos y Tipógrafos Públicos y defendió el oficio como parte de la identidad y de la memoria cultural de México.
Hay además una coincidencia especial en 2026: de acuerdo con el propio Hernández, la Unión de Mecanógrafos y Tipógrafos Públicos del entonces Distrito Federal fue constituida en 1926, por lo que este año alcanza un siglo de historia gremial.
La supervivencia del oficio también ha abierto una conversación inesperadamente actual. Frente a herramientas como ChatGPT, los escribanos reivindican algo que la tecnología no reproduce de la misma manera: el encuentro personal. Autoridades culturales y participantes del conversatorio de 2025 destacaron precisamente la escucha, la confianza y el acompañamiento que existe cuando alguien se sienta frente a otra persona para contarle una historia antes de convertirla en una carta.
Por eso, detrás del sonido metálico de cada tecla existe algo más que nostalgia. Santo Domingo conserva un servicio que nació para superar barreras de alfabetización y que ahora enfrenta otro desafío: la brecha digital y una sociedad que escribe cada vez más desde pantallas.
Mientras haya alguien dispuesto a sentarse, contar su historia y esperar el sonido de las teclas, el oficio seguirá respirando. En medio de una de las ciudades más grandes y digitalizadas del continente, Miguel Hernández continúa demostrando que algunas palabras todavía comienzan de la manera más sencilla: una persona hablando y otra escuchando.

